La conmemoración del 12 de octubre en Colombia ha transitado un camino profundo de resignificación. Lo que durante décadas se conoció como Día de la Raza o Día de la Hispanidad, celebrando la llegada de Cristóbal Colón al continente americano en 1492, se transformó oficialmente en 2021 mediante la Resolución 0138 del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. El cambio de nombre a Día de la Diversidad Étnica y Cultural de la Nación Colombiana no fue solo nominal; respondió a una necesidad histórica de superar el concepto de raza, utilizado durante siglos para jerarquizar pueblos y justificar la dominación colonial, y de desplazar la mirada eurocéntrica que glorificaba la conquista para centrarla en las voces y memorias de quienes habitaron y habitan estos territorios desde mucho antes de 1492.

El fundamento de esta conmemoración reside en la Constitución de 1991, carta política que definió a Colombia como una nación multiétnica y pluricultural, estableciendo un contrato social que reconoce la existencia y los derechos de múltiples experiencias históricas. Esta base constitucional se complementa con la Ley 115 de 1994, que impulsa modelos educativos democráticos y la etnoeducación, y la Ley 397 de 1997, que consagra una visión pluralista del patrimonio cultural. Más recientemente, la creación del Ministerio de la Igualdad y Equidad refuerza el compromiso institucional de garantizar derechos para poblaciones históricamente excluidas.

La fecha no busca borrar la historia sino complejizarla. Reconoce que el 12 de octubre de 1492 marcó el inicio de un proceso de encuentro, pero también de despojo, resistencia y reconfiguración cultural que aún hoy moldea al país. Pueblos indígenas como los wayuu, nasa, emberá, zenú y tantos otros; comunidades afrodescendientes herederas de la diáspora africana; raizales del archipiélago de San Andrés y Providencia; palenqueros guardianes de la primera tierra libre de América; el pueblo Rrom con su cultura nómada; y la inmensa población mestiza que teje puentes entre mundos, todos encuentran en esta jornada un espacio para visibilizar sus luchas, sus saberes y sus aportes a la construcción nacional.

En la práctica, la conmemoración se vive en territorios y aulas. Las instituciones educativas desarrollan jornadas de etnoeducación donde sabedores tradicionales comparten lenguas, cosmogonías y prácticas ancestrales. Los consejos comunitarios y resguardos organizan mingas, rituales y festivales que reivindican la autonomía cultural. En las ciudades, museos y centros culturales programan exposiciones, conversatorios y muestras artísticas que exploran la afrocolombianidad, la identidad indígena urbana y las memorias del conflicto armado desde perspectivas étnicas. El Ministerio de las Culturas coordina la agenda nacional, pero la fuerza de la fecha radica en su apropiación local.

Una curiosidad poco conocida: la propuesta original de conmemorar el 12 de octubre surgió en 1913 de la mano de Faustino Rodríguez, entonces presidente de la Unión Ibero-Americana, con una intención panhispanista que poco tiene que ver con el sentido actual. Más de un siglo después, la fecha se ha convertido en un acto de justicia epistémica. Otra particularidad: Colombia es de los pocos países de la región que ha institucionalizado el cambio de nombre y sentido mediante resolución ministerial y respaldo constitucional, convirtiendo la fecha en un referente latinoamericano de cómo una nación puede reinterpretar su pasado para construir un presente más inclusivo. El desafío pendiente, reconocen líderes étnicos y académicos, es que la conmemoración no quede en lo simbólico sino que impulse transformaciones estructurales en tierra, educación, salud y participación política para los pueblos que la fecha honra.