El 16 de noviembre de 2026 México conmemora el Día de la Revolución como día festivo trasladable, ya que la fecha histórica del 20 de noviembre cae en viernes ese año y se recorre al lunes para crear un puente festivo. El movimiento armado que estalló el 20 de noviembre de 1910 con el Plan de San Luis, proclamado por Francisco I. Madero desde San Antonio, Texas, marcó el inicio de una década de lucha armada que transformó radicalmente la estructura política, social y económica del país. La dictadura de Porfirio Díaz, que había mantenido el poder por más de tres décadas bajo el lema "orden y progreso", había concentrado la tierra en manos de unos pocos terratenientes y empresas extranjeras, dejando a la inmensa mayoría de campesinos y obreros en condiciones de miseria y sin derechos políticos.
El movimiento reunió a caudillos de muy distinta extracción e ideología. Francisco Villa al norte y Emiliano Zapata al sur encarnaron las demandas populares de tierra y libertad, mientras que Venustiano Carranza y Álvaro Obregón representaron las facciones constitucionalistas que buscaban restablecer el orden constitucional. La lucha fratricida entre las distintas facciones revolucionarias —convencionistas, constitucionalistas, villistas, zapatistas— cobró cientos de miles de vidas y devastó la economía nacional, pero también generó una conciencia nacional renovada y obligó a plasmar las demandas sociales en la Constitución de 1917, primera en el mundo en incluir derechos sociales, laborales y agrarios en su texto constitucional.
El artículo 27 estableció la propiedad originaria de la nación sobre tierras y aguas, facultando al Estado para regular su aprovechamiento y sentando las bases de la reforma agraria. El artículo 123 consagró derechos laborales pioneros: jornada de ocho horas, descanso semanal, salario mínimo, protección a mujeres y menores, y derecho de huelga y asociación. La educación laica, gratuita y obligatoria quedó consagrada en el artículo 3, sentando las bases del sistema educativo nacional. Estas conquistas, fruto de una década de sangre y negociaciones, configuraron el Estado posrevolucionario que gobernó México durante gran parte del siglo XX bajo el Partido Nacional Revolucionario y sus sucesores.
La conmemoración actual combina actos cívicos oficiales, desfiles militares y escolares, eventos deportivos y ferias populares. El desfile cívico-militar del 20 de noviembre en el Zócalo capitalino, presidido por el presidente de la República, constituye el acto central, mientras que en todo el país se organizan desfiles escolares donde niños y jóvenes representan a los personajes y corrientes de la Revolución. Las ferias regionales, los concursos de charrería, las representaciones teatrales y las verbenas populares completan una festividad que mezcla lo cívico, lo festivo y lo comercial. En años recientes, la fecha ha adquirido también un carácter de reflexión histórica: museos, universidades y centros culturales organizan conferencias, exposiciones y ciclos de cine que revisitan el proceso revolucionario desde perspectivas de género, etnia, región y clase, recuperando voces durante mucho tiempo silenciadas como las de las soldaderas, las comunidades indígenas zapatistas o los trabajadores ferroviarios y petroleros.
Entre los aspectos menos conocidos destaca el papel fundamental de las mujeres, no solo como soldaderas que acompañaban a las tropas cuidando heridos, cocinando y combatiendo, sino también como propagandistas, enfermeras, periodistas y estrategas políticas. Figuras como Carmen Serdán, Hermila Galindo o las coronelas de los ejércitos villista y zapatista desafiaron los roles de género de la época. También resulta reveladora la dimensión internacional: la Revolución fue observada de cerca por Estados Unidos, que intervino militarmente en Veracruz (1914) y en la expedición punitiva contra Villa (1916-1917), mientras intelectuales y artistas extranjeros como John Reed, Alma Reed o Tina Modotti documentaron y participaron en el proceso. La Constitución de 1917, además, influyó directamente en las constituciones de Weimar (1919) y la URSS (1918), y sus artículos sociales inspiraron la Declaración de Filadelfia de la OIT (1944) y la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Hoy, más de un siglo después, la Revolución sigue siendo el referente fundacional de la nacionalidad mexicana contemporánea, y su conmemoración anual funciona como ritual de renovación del pacto social que emergedió de aquellas jornadas de fuego y esperanza.